La observación con telescopio y la fotografía de los planetas del Sistema Solar son disciplinas que constituyen toda una rama de la astronomía de aficionados. Cinco de ellos, los cinco primeros según su orden de distancia al Sol (saltándonos la Tierra, claro), son identificables a simple vista gracias a su relevante brillo, lo que los hace menos susceptibles a la contaminación lumínica que tanto afecta, por ejemplo, a los débiles objetos de cielo profundo. Por el contrario, su reducido tamaño aparente en el cielo (ninguno presenta un diámetro superior a un minuto de arco, frente a los 30 minutos del diámetro de la Luna) hace que su observación al telescopio pueda decepcionar a no ser que se empleen aumentos medio-altos.
Los planetas con órbitas más cercanas al Sol (Mercurio, Venus, Marte) y por ello también más cercanos a nosotros presentan la contrapartida de su reducido tamaño en términos relativos, del orden del de nuestro propio planeta. Y en cambio los planetas gaseosos del otro lado del cinturón de asteroides, cuyo tamaño aparente se ve favorecido por su gigantesco tamaño real, se encuentran por desgracia muy lejos de nosotros, siendo en este caso la distancia el parámetro que perjudica su visualización. Aún así, Júpiter y Saturno son perfectamente visibles a simple vista, y sólo los planetas más exteriores del Sistema Solar, Urano y Neptuno, necesitan alguna ayuda óptica si queremos localizarlos.

Tamaño comparado de los planetas del Sistema Solar a la misma escala
En resumen, en general se trata de objetos con un brillo aparente muy superior al de los objetos de cielo profundo (galaxias, nebulosas, cúmulos estelares...) pero con un tamaño aparente inferior. Ello conduce a que las técnicas y equipos de observación y fotografía de unos y otros tengan que ser necesariamente diferentes.