
Trazas estelares (Uros Fink)
Si permanecemos suficiente rato mirando al cielo una noche, muy pronto nos daremos cuenta de que la bóveda celeste “se mueve”: las estrellas cambian de sitio, las que están cerca del Este parecen elevarse en el cielo y en cambio las del Oeste bajan hacia el horizonte. Con sólo un poco más de atención descubriremos que dicho movimiento tiene la apariencia de un giro, una rotación: las estrellas, toda la bóveda celeste en realidad, da vueltas. Hoy sabemos que ese movimiento es únicamente aparente: aunque no lo percibamos es la Tierra, y nosotros con ella, la que gira. Como cuando subimos a un tiovivo en una feria, lo que tenemos a nuestro lado parece inmóvil con respecto a nosotros y en cambio es el público el que gira a nuestro alrededor.

La Estrella Polar y el eje de rotación de la Tierra (Lunar and Planetary Institut)
El eje de rotación de la Tierra (el eje del tiovivo) se prolonga por el espacio hacia esos puntos virtuales que hemos llamado Polos Celestes y, salvo precisamente esos puntos, todo lo demás nos parece dar vueltas a su alrededor. Es el movimiento aparente del cielo, visible cada noche en cortos espacios de tiempo. En realidad no hay que esperar a la noche para observarlo, ya que la salida y la puesta del Sol y su paseo diurno por la bóveda celeste están provocados exactamente por ese mismo fenómeno.
Los habitantes del hemisferio norte tenemos una suerte que no comparten nuestros vecinos del “lado de abajo” del Ecuador: por pura casualidad, hay una estrella siempre visible en nuestro cielo nocturno que se encuentra tan cerca del Polo Norte Celeste que parece no estar afectada por el movimiento aparente de rotación que hace girar a todas las demás. Así pues, dicha estrella nos indicará siempre hacia donde se encuentra el polo cardinal Norte, ¿es o no una suerte?. Desde hace siglos la conocemos con un nombre de lo más lógico: Estrella Polar (Polaris, en el mundo romano).
Empecemos pues por aprender a encontrar en todo momento ese punto fijo de referencia en nuestros cielos. Es fácil, lo haremos desde la figura más reconocible universalmente en los cielos del hemisferio norte: el “Carro”, formado por siete estrellas brillantes que en realidad forman parte de un “dibujo” mayor, la constelación de la Osa Mayor. Prolongando unas cinco veces el segmento trasero del Carro hacia su lado superior, llegaremos a dar con una estrella (menos brillante que las del Carro, eso sí), en apariencia poco llamativa por brillo pero muy importante por su posición: esa es Polaris.

Localización de la Polar a partir del "Carro" (Aristasur)
La Estrella Polar no solamente nos indica la dirección Norte, sino que su mayor o menos altura sobre el horizonte (prácticamente invariable para cada punto del hemisferio norte), coincide, medida en grados de ángulo, con la latitud del lugar: la altura en la que el observador está situado sobre el Ecuador terrestre. De ahí la importancia de Polaris no sólo como brújula celestial sino como el más fiable indicativo de la latitud en lugares sin otra referencia, por ejemplo en alta mar.
Las estrellas que están en situadas en la bóveda celeste más cerca de la Polar, giran en torno a ella en pequeños círculos sin llegar a rozar nunca el horizonte; por estar cerca del Polo Celeste y girar a su alrededor las llamamos circumpolares, y sus trazas circulares son fácilmente reconocibles en fotografías de larga exposición. Por el contrario, cualquier estrella que esté más lejos de la Polar (en grados) que la latitud del lugar, necesariamente en algún momento se ocultará tras el horizonte para reaparecer después en otro lugar del mismo. Mientras más lejos se encuentre de la Polar más amplio será el círculo trazado por esa estrella en el cielo.