Desde tiempos inmemoriales, cuando el ser humano ha elevado su mirada hacia el cielo nocturno se ha percibido a sí mismo situado aparentemente en el centro de un gigantesco escenario formado por el suelo, el terreno que se extiende hasta el horizonte por los cuatro puntos cardinales, y rodeado en lo alto por una inmensa bóveda o cúpula a través de la cual se mueven los astros.

La esfera celeste (NASA Science)
Esa misma es la razón por la que actualmente las pantallas de los planetarios, esos teatros o cines en los que una proyección simula las estrellas, los planetas y su movimiento con el tiempo, tienen todos forma semiesférica. En realidad no existe tal cúpula sobre nuestras cabezas, pero suponerlo y actuar como si existiera nos ayuda a trazar mapas estelares y a imitar las posiciones cambiantes de los diferentes astros en el cielo. Si podemos tomarnos semejante licencia es porque las estrellas, planetas y hasta la Luna y el Sol se encuentran a tal distancia de nosotros que al mirarlos en el cielo perdemos la tridimensionalidad de la realidad y todo nos parece estar en un mismo plano esférico (el techo del planetario), donde no somos capaces de percibir si una estrella está más cerca de nosotros que otra que aparentemente esté a su lado. Desde hace milenios las diferentes culturas y civilizaciones antiguas imaginaron, equivocadamente, la existencia real de varias ruedas o esferas celestiales que giraban alrededor de nosotros.
Esa esfera virtual que nos rodea, de la que desde cualquier emplazamiento en el que nos situemos sólo podemos ver la mitad semiesférica que está sobre nuestras cabezas, permaneciendo la otra mitad bajo nuestro horizonte y por lo tanto fuera de nuestra vista, no posee por desgracia muchos elementos de referencia: a todo nuestro alrededor se extiende en su base el horizonte, frontera entre el suelo y el cielo, y como mucho podemos pensar en un punto central justo encima de nuestras cabezas: es el llamado cenit, que depende de la posición de cada observador.

Planetario de Granada
Sin embargo, si pudiéramos saltar al espacio desde nuestro punto inicial en el suelo y mirásemos la Tierra desde fuera, no tendríamos ya la limitación del terreno y podríamos imaginar la esfera celeste en su totalidad, a una distancia indeterminada de la propia esfera terrestre, nuestro planeta. Pero la Tierra sí que tiene unos puntos geométricos de referencia clara e invariablemente marcados: los Polos Norte y Sur, por los que pasa nuestro eje de rotación, y el Ecuador, o círculo máximo paralelo a dicho eje. Pues bien, nada nos impide proyectar desde la esfera terrestre a la celeste esos mismos puntos y líneas, y definir así un Polo Norte y un Polo Sur Celestes, y el correspondiente Ecuador Celeste. Según el punto de nuestra planeta donde nos encontremos, en nuestro cielo podremos ver (o imaginar, ya que evidentemente no son elementos realmente visibles) algunos de dichos referentes: desde Sierra Morena podemos situar en todo momento el Polo Norte Celeste y también medio Ecuador Celeste, extendiéndose por el cielo del Sur y uniendo exactamente los puntos cardinales Este y el Oeste de nuestro emplazamiento.





