A simple vista, lo que podemos distinguir en la superficie de la Luna son zonas más claras y brillantes junto a otras más oscuras. El patrón es siempre el mismo debido a que la Luna siempre ofrece hacia la Tierra la misma cara, debido a que el tiempo que invierte en la rotación sobre su propio eje es exactamente el mismo que el que tarda en dar una vuelta completa alrededor de nuestro planeta. Esta coincidencia se debe no a una casualidad, sino a un fenómeno físico perfectamente explicable denominado “acoplamiento de marea”.

La Luna ocupa en el cielo un diámetro aparente de aproximadamente medio grado de ángulo (el real es de 3.480 km), casi idéntico al aparente del Sol, y esto sí que es una casualidad. Gracias a ella se producen los eclipses solares tal como los conocemos. A pesar de lo brillante que nos resulta una luna llena, su albedo o cantidad de luz que refleja del Sol es sólo el 7% de la que recibe, debido a la coloración oscura de los materiales de su superficie.

Mares lunares (Astroalcalá, Sociedad Einstein de Astronomía)

Mares lunares (Astroalcalá, Sociedad Einstein de Astronomía)

Las zonas más oscuras que vemos a simple vista son denominadas “mares” si bien en la Luna no existe agua líquida en su superficie. Esas áreas o cuencas proceden de inundaciones de lava volcánica muy extensas, debidas al afloramiento del magma interior en un pasado muy lejano, y provocadas por el impacto de grandes meteoros sobre el suelo lunar; actualmente la actividad volcánica en la Luna es prácticamente nula.

Las zonas más brillantes o tierras altas son áreas a las que no llegaron esas inundaciones de lava basáltica, por lo que conservan las huellas de impactos tanto muy antiguos como más recientes. La ausencia de atmósfera, agua, vegetación y movimientos tectónicos hace que cualquier huella de impactos sobre la Luna, incluidas las de nuestros astronautas, sean prácticamente perennes.

Si miramos a la Luna a través de un telescopio, como hizo por primera vez Galileo en 1610, se nos hacen visibles innumerables cráteres de todos los tamaños. Su origen es casi siempre debido a impactos de meteoros: la ausencia de atmósfera hace que cualquier partícula sea grande o pequeña que se dirija hacia la Luna acabe estrellándose sobre su superficie, al contrario de lo que pasa en la Tierra en la que nuestra atmósfera nos hace la función de pantalla protectora.

Los cráteres pertenecen a épocas muy diferentes y se superponen unos a otros en función de su antigüedad. A veces presentan un pico central debido a la onda de choque rebotada que se produce en la roca fundida, calentada por la violencia del impacto, a veces tan grande que se originan auténticas cordilleras montañosas en el borde del cráter.

Cráteres lunares (astronoo.com)

Cráteres lunares (astronoo.com)

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