Debido a su escaso brillo es muy recomendable buscar sitios de observación lo más exentos posible de contaminación lumínica y elegir noches sin Luna. Este requisito es especialmente importante para los objetos más difusos, como la mayoría de los cúmulos globulares, nebulosas y las galaxias. Sin embargo y como hemos dicho antes, bastantes cúmulos abiertos pueden admirarse con cierto grado de contaminación lumínica o en noches con luna. Se deben invertir unos 15 o 20 minutos iniciales en adaptar nuestra vista a la oscuridad, prescindiendo de toda fuente luminosa frente a nuestros ojos (faros de coches, linternas, teléfonos móviles...)
En cuanto a la elección de los objetos, cualquiera de ellos presentará una visibilidad más favorable mientras más cerca se encuentren de su culminación, es decir, del punto más alto que vayan a alcanzar sobre el horizonte, ya que así su luz tendrá que atravesar menos espesor de atmósfera. De aquí la conveniencia de una buena planificación temporal de la lista de objetos a observar.
Debemos iniciar la observación con combinaciones de ocular/telescopio de bajo aumento de forma que se nos facilite la localización del objeto, para una vez centrado empezar a observarlo con oculares más potentes, hasta encontrar la combinación más adecuada al objeto en cuestión.
Para el caso de objetos muy débiles, los aficionados suelen emplear la técnica de la “visión periférica”, consistente en no mirar directamente al objeto sino desplazar la mirada levemente hacia un lateral del mismo, de modo que su imagen se forme en zonas de la retina más sensibles a la luz que el punto central. También se mejora a veces la nitidez y contraste del objeto observado haciéndolo vibrar levemente mediante unos suaves y pequeños golpes en el cuerpo del telescopio, debido a la sensibilidad del ojo hacia el movimiento.